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Educación

El zapato perdido

Maricielo Valezuela Lazo.

Coordinadora de formación Aula Smart

¡Buenas tardes!  Ya estamos a viernes y tenemos un fin de semana por delante para disfrutar pero también para descansar.

Hoy os quiero dejar un artículo con el que haceros reflexionar. El título es "El zapato perdido", os sorprenderá ver como las personas nos preocupamos por pequeñeces y obviamos lo realmente importante. Tenemos un problema de invisibilidad o de visión selectiva, vemos lo que queremos e ignoramos todo aquello a lo que no queremos buscarle una solución. La gravedad del asunto llega cuando realmente dejamos de lado las cosas porque ya nos parecen normales, hemos llegado a un punto en el que consideramos la pobreza en el mundo como algo corriente y no nos llama la atención.

Me gustaría trasladar esta breve reflexión a otro terreno y es ¿qué papel juegan las instituciones escolares para educar la mirada de miles de niños y niñas? Les debemos ayudar a comprender que la exclusión no se puede normalizar, que no se puede convertir en algo cotidiano y habitual que provoque la pérdida de interés.

Deseo que os guste el artículo, os recuerdo su título es "El zapato perdido" pero…. ¿Y los que quedan en el olvido?

 

Aquella mañana salí con Mateo, mi hijito, a hacer unas compras. Las necesidades familiares eran eclécticas: pañales, disquetes, el último libro de Ana Miranda y algunas botellas de vino argentino, difíciles de encontrar a buen precio en Río de Janeiro. Al cabo de algunas cuadras, Teo se durmió plácidamente en su cochecito. Mientras él soñaba con alguna cosa probablemente mágica, percibí que uno de sus zapatos estaba desatado y a punto de caer. Decidí sacárselo para evitar que, en un descuido, se perdiera. Pocos segundos después una elegante señora me alertó: "¡Cuidado!, su hijo perdió un zapatito". "Gracias –respondí-, pero yo se lo saqué." Más adelante, el portero de un edificio de garaje movió su cabeza en dirección al pie de Mateo, diciendo en tono grave: "El zapato". Levantando el dedo pulgar en señal de agradecimientos, continué mi camino. Antes de llegar al supermercado, al doblar la esquina de la avenida Nossa Señora de Copacabana y Rainha Elizabeth, un surfista igualmente preocupado con el destino del zapato de Teo dijo: "Oi, mané, tu hijo perdió la sandalia". Erguí el dedo nuevamente y sonreí agradeciéndoselo, ya sin tanto entusiasmo. La supuesta pérdida del zapato de Mateo no dejaba de generar muestras de solidaridad y alerta. Al llegar a nuestro departamento, Joao, el portero, con su habitual histrionismzapato perdidoo, gritó despertando al niño: "¡Mateo, tu papá perdió de nuevo el zapato!".

Una vez a resguardo de las llamadas de atención, comenzó a invadirme una incómoda sensación de malestar. Río de Janeiro es un territorio de profundos contrastes, donde el lujo y la miseria conviven de forma no siempre armoniosa. Mi desazón era, quizás, injustificada: ¿qué hace del pie descalzo de un niño de clase medio motivo de atención en una ciudad con centenares de chicos descalzos, brutalmente descalzos? ¿Por qué, en una ciudad con decenas de familias que viven a la intemperie, el pie superficialmente descalzo de Mateo llamaba más la atención que otros pies cuya ausencia de zapatos es la marca inocultable de la barbarie que supone negar los más elementales derechos humanos a millares de individuos? La pregunta me parecía trivial. Pero fui percibiendo que encerraba cuestiones centrales sobre las nuevas (y no tan nuevas) formas de exclusión social y educativa vividas hoy en América Latina.

¡Qué paséis un buen fin de semana!