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27 enero, 2019

¿Por qué los niños se chupan el dedo?

La succión es un acto reflejo que tienen los niños desde el periodo intraútero (demostrable por ecografías obstétricas) y que se mantiene durante los primeros meses o años de vida

Reclinado en el sofá Adrián, que ya tiene seis años, dormía plácidamente con el dedo pulgar metido en su boca. Cada cierto tiempo, lo succionaba como si fuera un chupete. Durante el tiempo que duró la siesta, el niño no permitió que ese elemento se desprendiera de entre sus dientes. La acción de “chuparse el dedo” está relacionada con una conducta habitual y fisiológica en los bebés y niños de corta edad. Incluso, a veces, este gesto ha sido captado durante la realización de ecografías en el vientre materno.

El pediatra, psicoanalista y psiquiatra infantil Donald Winnicott fue el primer profesional que estudió este comportamiento. Winnicott denominó objeto transicional al primer objeto simbólico del bebé, en tanto que es un objeto que encarna una transición o movimiento entre lo externo e interno, lo propio y lo ajeno, lo extraño y lo familiar, y que ejerce de mediador simbólico de la presencia materna durante su ausencia. Este objeto transicional aparece cuando empiezan a separarse el bebé y la madre, ocupa el espacio transitorio o intermedio entre ambos, y con su presencia – el objeto material puede ser el pulgar, el osito, el chupete, etc.- simboliza la ausencia materna y otorga seguridad y confianza al bebé.

Jorge Martínez Pérez, coordinador de Formación del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús (Madrid) explica que “la succión es un acto reflejo que tienen los niños desde el periodo intraútero (demostrable por ecografías obstétricas) y que se mantiene durante los primeros meses o años de vida”. Martínez Pérez asegura que la succión inicialmente tiene una función nutritiva, pues asegura la alimentación, “pero también proporciona al niño tranquilidad, placer y seguridad, lo que se llama “succión no nutritiva”. Por ejemplo puede comenzar a hacerlo por inicio de escolarización, llegada de un hermano, separación parental…”

La acción de chuparse el dedo es normal durante la primera fase evolutiva del niño. De hecho, alrededor del 80% de los niños se chupa el dedo en su etapa infantil. En la mayoría de los casos comienza chupándose el pulgar enseguida, al tiempo de nacer, y posteriormente, a los dos años y medio o tres, el hábito suele desaparecer. Algunas investigaciones indican que existe un 6% de niños menores de 11 años que se chupan el dedo pasados los cuatro años. Esta circunstancia resulta “anómala” y, según los expertos, son conductas que habría que intentar reconducir.

José Luis Pedreira, psiquiatra del Hospital La Luz, habla de etapas de desarrollo, asociadas a la relación que el niño mantiene con el mundo externo, que le permitirán alcanzar mayores niveles de autonomía personal, de contacto y de control. Esta evolución tiene lugar entre los 3, 4, o 5 años. Pedreira señala que “se habla de la succión del pulgar, pero también es el uso del osito, el embozo de la cama, etc. Cualquiera de todos estos elementos pertenecen a los denominados objetos transicionales de los que hablaba Winnicott”.

Pedreira mantiene que no hay que preocuparse tanto por la edad como por el proceso mental del niño, “si este proceso continúa con situaciones de dependencia, con respuestas regresivas, menos evolucionadas con relación a la etapa de desarrollo que le correspondería entonces, lógicamente, deberíamos preocuparnos”. “No resulta preocupante si el niño o niña se chupa el dedo en un momento de soledad por la noche, para dormirse o en un momento puntual, pero si siempre que afronta una situación nueva se succiona el pulgar o coge el chupete, estamos ante un niño o niña que tiene respuestas más precoces que las que le corresponderían”, prosigue Pedreira.

El uso prolongado de chuparse el dedo puede producir patologías de distinta consideración. Unas de índole emocional, como enumera Pedreira, “si el niño sigue succionándose el dedo con 7 u 8 años, en este caso el desarrollo emocional, relacional, de ese niño/a no se corresponde con la edad que tiene. Y si las conductas de apego por parte de las figuras que le rodean, fundamentalmente papá o mamá y/o familiares, no contribuyen al desarrollo evolutivo de ese niño/a, estarán favoreciendo que el niño se ancle en etapas mucho más precoces”. Además, de estos elementos, agrega el experto en psiquiatría del Hospital La Luz, “todo eso va a tener consecuencias somáticas, evidentemente”. Unas consecuencias físicas que, como comenta Martínez Pérez, “no solo producirán problemas mandibulares, como la deformidad del paladar y de los dientes durante la dentición de leche por debajo de los seis años, además de importantes problemas de ortodoncia durante el periodo de muda de los dientes. Sino que, podría dificultar los patrones del habla o problemas relacionados con la fonación, aunque estos resultan menos llamativos”.

Para ayudar al niño a que de manera paulatina se desprenda de esta práctica, Martínez Pérez ofrece una serie de recomendaciones: “Si por encima de los dos años el niño sigue chupándose el dedo, puede hacerlo por distracción, aburrimiento, sueño, miedo, etc. Si somos capaces de identificar el porqué lo hace o en qué circunstancias, atajándolas, podremos evitar que se siga chupando el dedo”. Cuando lo hace sin una causa aparente, “se puede aplicar esmaltes de sabor amargo que hagan que repela ese hábito”. En todo caso, el coordinador de Formación del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús expone que, en función del grado de desarrollo cognitivo del niño, “se debe animar a dejarlo explicándole posibles efectos, buscando otras “respuestas” para cuando se dé la situación que motivó la succión, y nunca enfadarse con él, pues forzándole, no se consigue el éxito”.

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Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN