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05 febrero, 2019

Ética para ‘postmillenials’ y responsabilidad educativa

La Red Española de Filosofía reclama en esta carta a la ministra Celaá que Ética sea una materia común en 4º de la ESO

La Ética es el ámbito más adecuado en el que abordar los retos actuales que impactan en la vida de las personas adolescentes. No sólo la hace imprescindible su bagaje clásico de reflexión sobre la vida humana como vida examinada, sino también su tradición dialógica y sus herramientas para la deliberación. En lo que sigue, presentamos cuatro líneas de propuestas, avaladas por las éticas aplicadas —ética de los medios de comunicación, ética digital, bioética y ecoética—, al servicio de los retos que enfrentan los llamados postmillenials: unas generaciones en las que los impactos mediáticos y tecnológicos ya han sido “naturalizados” y que se enfrentan a la convulsa realidad del siglo XXI. Son propuestas concretas para un futuro currículo de Ética en 4º de la ESO.

Vivimos en un mundo paradójico en el que la información ha devenido, primero, en saturación para luego trocarse en desinformación. Los focos de emisión que manufacturan noticias falsas y las propuestas de “hechos alternativos”, la llamada postverdad, se han multiplicado en los nuevos ecosistemas mediáticos. La vida hiperconectada de los adolescentes los hace especialmente vulnerables a los cantos de sirenas de los nuevos charlatanes y gurús que pueblan Internet. Para prevenirlos debemos retomar la distinción filosófica clásica entre Apariencia y Realidad —que surgió en la polémica de Platón contra los Sofistas— y ponerla al día enfrentando la caverna mediática.

A día de hoy, informarse es un “trabajo” y reviste las formas de la investigación, a veces, detectivesca, a veces, académica, en la que hay que validar las fuentes y determinar si sus intereses son espurios. Las capacidades y el entrenamiento para atribuir a las fuentes credibilidad y el saber contrastar informaciones es un trabajo de razonamiento y filtro crítico que supone socavar la natural credulidad que todos albergamos. Requerimos de dosis adecuadas de escepticismo. Los que llama Javier Echeverría “señores del aire”, y que están tras los buscadores y las redes sociales —Google, Facebook, Instagram, etcétera—, han entregado a la publicidad y, en determinadas ocasiones, a los intereses políticos manipuladores sus entornos y herramientas. No sólo hay que explicar cómo funciona el complejo tecno-ecosistema informativo, sino también practicar una ética aplicada en la que el alumnado reflexione sobre los límites éticos y los códigos deontológicos que orientan y limitan el trabajo del periodismo. La ética de los medios de comunicación es una herramienta básica porque, hoy, todos damos testimonio, subimos fotografías o videos y viralizamos contenidos. Debemos deliberar acerca de dónde están los límites porque no todo vale. La difamación, la calumnia, el contribuir a injustificados “pánicos morales”, el difundir bulos, el amarillismo sensacionalista son, entre muchos otros temas, fundamentales en la educación de los adolescentes con el fin de prevenirlos y protegerlos.

Un nuevo y decisivo asunto es el de la gestión responsable de la identidad virtual y de la interacción social en la era digital. Desde el anonimato que sirve para saltarse las normas mínimas de cortesía a la hora de comunicarnos hasta la erosión y casi eliminación de la privacidad —ahora se habla de “extimidad”—, pasando por la reflexión de lo que significa exponer imágenes y contenidos que pueden ser utilizados contra ti mismo o contra otros y otras —el ciberabuso y la ciberviolencia—, son asuntos candentes que se tienen que abordar desde el marco de la ética interpersonal en los nuevos medios de interacción, desde los chats de whatsapp a los canales de Youtube. El viejo Aristóteles reflexionó sobre la philia, sobre la amistad y los vínculos con los otros ciudadanos. La educación moral se ejercía en la relación de convivencia y en la misma ciudad, la polis, buscando el bien común. Hoy es indudable que hay que poner al día el acervo clásico y reflexionar sobre los riesgos personales, sociales y políticos de los nuevos entornos tecnológicos. La ética digital es reciente, pero es imprescindible para los educadores de hoy. Hemos de considerar si el principio moral de no dañar, ni a los otros ni a uno mismo, es compatible con el impulso espontáneo de la inmediatez que propician las redes.

Si nos damos cuenta, el clicar likes es un acto casi automático en el que no cabe el espacio y el tiempo del pensamiento, del diálogo con uno mismo. Detener el impulso de la respuesta automática y empezar a pensar es hoy un triunfo, incluso para los adultos. Debemos, finalmente, reflexionar sobre la conveniencia de propiciar el rito cotidiano de la desconexión de la vida “on line”, porque si vivimos siempre conectados y recibiendo contenidos al final nuestra corriente de conciencia puedennquedar colonizada por el flujo de noticias y mensajes. La hiperconectividad puede dejarnos sin tiempo para la relación con uno mismo, que es el núcleo de la vida ética, de una vida examinada desde el diálogo interior entre las razones y las pasiones. Tomarse las cosas con filosofía es, en nuestro vertiginoso mundo, más necesario que nunca para poder preservar la autonomía personal.

Otro de los aspectos más importantes del debate ético actual es el que tiene que ver con la evolución de la medicina y las biotecnologías. La polémica sobre la posibilidad de editar genéticamente a embriones está sobre el tapete y los principios de la bioética –la no maleficencia (no dañar), la beneficencia, la autonomía y la justicia- se enfrentan a las utopías o distopías de las posiciones transhumanistas que buscan no sólo alargar la vida humana sino “mejorarla” con el concurso de diversas tecnologías. Desde la tecno-reproducción hasta la bioingeniería y la monitorización vía app de la propia salud, la revolución biotecnológica avanza y necesita ser confrontada con la reflexión filosófica. Los adolescentes, debido a nuestra Ley de Autonomía del Paciente, a partir de dieciséis años pueden tomar decisiones sobre procedimientos médicos y quirúrgicos, por ello es muy importante que sepan lo que implica la traducción de la libertad, de la autonomía, en un Consentimiento Informado tras el debate con los profesionales sanitarios. La salud en la adolescencia es, desgraciadamente, un tema arrinconado tanto por nuestro sistema sanitario –desde la mental hasta la sexual y reproductiva pasando por el problema de las adicciones-, pero, también, por el sistema educativo que no enfrenta el pensar la responsabilidad que todos tenemos por nuestros propios cuerpos. La bioética nos proporciona herramientas prácticas para abordar, ajustándonos a la edad de los adolescentes y de forma deliberativa y no doctrinaria, un abanico de problemas que es fundamental para advertir sobre los peligros de los trastornos alimentarios, las adicciones y los riesgos físicos y mentales a los que están expuestos en una sociedad que los seduce con engañosas publicidades para propiciar consumos impropios. Pensemos en la extrema vulnerabilidad de los adolescentes, como importante y muy rentable segmento de consumidores que es, a estrategias publicitarias en torno a la alimentación (comida basura), la moda (y sus estándares de belleza) o los juegos de azar (repárese en la reciente proliferación de locales de apuestas deportivas repletos de jóvenes). El escrutinio crítico de los hábitos cotidianos siempre ha sido tarea de la ética.

Finalmente, la ética contemporánea ha tenido que enfrentar la crisis ecológica global y local que ya llevamos décadas sufriendo. Las sensibilidades en relación con la naturaleza, la movilidad o los animales se están reconfigurando a pasos agigantados y muchas veces las generaciones más jóvenes nos dan lecciones a las mayores. Enfrentamos las incertidumbres de las transiciones energéticas y la necesidad de reconsiderar muchos de nuestros patrones de conducta cotidiana, colectiva e individual, porque nuestros hábitos suponen una huella, una carga lesiva para el planeta. La necesaria reflexión sobre el “principio de precaución”, el respeto a la naturaleza y el concepto de “sostenibilidad” exige que el alumnado pueda analizar en las aulas las nuevas propuestas morales, como la “ética del cuidado” del mundo en el que habitamos y del que dependemos. Frente a los negacionistas del cambio climático y otros riesgos ecosociales, la ciencia nos proporciona los hechos y la prospectiva, pero las acciones a realizar son un asunto ético y político que nos enfrenta a la responsabilidad por nuestro hogar terrestre.

Todos los aspectos que hemos señalado necesitan de scholé, de espacio y tiempo compartido para el aprendizaje y la reflexión en la adolescencia, y por ello creemos que es imprescindible la Ética en la enseñanza obligatoria.

María José Guerra. Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de La Laguna. Presidenta de la Red Española de Filosofía; Esperanza Rodríguez Guillén. IES Margarita Salas, Majadahonda, Madrid. Presidenta de la Comisión de Educación de la REF; Carme Adán. Instituto Politécnico de Vigo; Antonio Campillo. Catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia; Víctor Bermúdez. IES Santa Eulalia, Mérida, y Ángel Vallejo. IES Alfàbegues, Bétera, Valencia.

Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN