Noticia
13 febrero, 2019

Los cereales ni en papillas ni en las leches

La alimentación infantil nos asusta. Quizás no sea tanto por lo que supone sino por el ruido constante que escuchamos a nuestro alrededor

La alimentación infantil nos asusta. Quizás no sea tanto por lo que supone sino por el ruido constante que escuchamos a nuestro alrededor. ¿Cuánto pesa? ¿Está cogiendo peso? ¿Tendrá anemia? ¿Cómo vamos de percentiles? ¿Sólo ha comido eso? ¿Le has empezado a dar ya cereales? Tampoco ayudan mitos y “amimefuncionismos” como aquel que asegura que ofrecer leche con cereales antes de dormir facilita el sueño –sin o casi sin despertares– o que la mejor forma de comenzar a ofrecer los cereales es mezclados en la leche a partir de los seis meses. Según expertas en nutrición ni las papillas –especialmente las industriales– ni las leches con cereales son necesarias, mejor optar por comida “de verdad”.

A finales de 2018, la revista Acta Paediatrica publicaba un estudio realizado por investigadores de la Academia Sahlgrenska en la Universidad de Gotemburgo (Suecia) que relacionaba el consumo de bebidas de cereales a base de leche a los 12 meses con un aumento del riesgo de hasta el doble de padecer sobrepeso al llegar a los cinco años. Este estudio parte de otro previo –con los mismos niños– en el que encontraron que el consumo de este tipo de productos a los seis meses de edad se vinculaba con un índice de masa corporal (IMC) elevado al llegar al año y al año y medio. Hallazgos que, según los propios investigadores, “podrían afectar a las pautas de asesoramiento utilizadas en los centros de atención infantil”.

Griselda Herrero, dietista-nutricionista y autora de Alimentación saludable para niños geniales, cree que en relación al estudio, debemos tener en cuenta que está realizado con una muestra sueca, “lo cual puede darnos resultados diferentes a los que nos daría en España”, y que la información de las comidas se haya obtenido de los padres podría suponer un sesgo, “ya que no es una cuantificación correcta ni exacta”. Sin embargo, y aunque en el mismo estudio se menciona que en Suecia se usan mucho estas bebidas “como suplemento”, por lo que según la dietista-nutricionista podría ser posible que el efecto no se deba al producto en sí mismo sino al exceso calórico, advierte que se trata de productos potencialmente obesogénicos y que sí hay una relación entre el consumo de azúcar y obesidad, entre otras patologías. “Introduciendo este tipo de productos a tan temprana edad estamos provocando un umbral cada vez más alto al sabor dulce e incidiendo sobre su tolerancia”, apunta.

En muchos centros de salud se sigue recomendando la inclusión de cereales en la leche, bien con leches específicas o bien triturando cereales en la misma leche materna o artificial, antes de los seis meses. Según establece la Organización Mundial de la Salud (OMS), la lactancia materna debe ser exclusiva y a demanda durante los seis primeros meses de vida por lo que no es necesario adelantar la alimentación complementaria. Tampoco si se trata de lactancia artificial. Explica Griselda Herrero que hasta al menos los seis meses no se debería comenzar a ofrecer otros alimentos “saludables e inocuos”. Alimentos que, según la experta, “serán un complemento ya que la leche materna (o artificial) continuará siendo el alimento principal hasta el año y seguirá siendo importante después”. ¿Qué pasa a partir del año? Pues que en el caso de lactancia materna, madre e hijo pueden continuar hasta que deseen. Si no se continúa con la lactancia materna, o no se hubiese establecido antes, se puede comenzar a ofrecer leche de vaca entera sin cacao, azúcar, ni galletas o cereales incorporados. Así lo resumen los pediatras Pepe Serrano y Carlos Casabona en el documento ¿Por qué tu hijo come peor de lo que piensas? (20 consejos útiles para la consulta del pediatra de Atención Primaria), publicado en la AEPap en 2018.

En abril de 2018, la organización Justicia Alimentaria Global publicaba el informe Mi primer veneno. La gran estafa de la alimentación infantil en el que se destacaba la promoción –e incluso el amparo por parte de las propias asociaciones pediátricas– de productos insanos presentados como saludables. “¿Y si resultara que estos artefactos alimentarios en realidad son productos altamente procesados, con escaso valor nutricional (cuando no claramente insanos), de mala calidad y muy alejados de las bondades incuestionables de la alimentación casera adaptada?”, se preguntaban sus autores.

Sobre los preparados de cereales para papillas, advierte Griselda Herrero que contienen como segundo y tercer ingrediente azúcar – en sus múltiples trajes: azúcar de caña, fructosa, maltodextrinas, almidones, cereales hidrolizados– por lo que no se deberían dar. Y es que, aunque en la lista de ingredientes no encontremos la palabra "azúcar", el proceso de dextrinación de los cereales rompe su estructura “y pasan de ser hidratos de carbono complejos a simples, de rápida absorción como el azúcar”. Sobre esto escribía el nutricionista Julio Basulto en un artículo publicado en 2015, que “en el supuesto de que un bebé tomase una vez al día una papilla elaborada con estos cereales desde los seis hasta los 12 meses, en base a las indicaciones del fabricante, habría consumido nada menos que dos kilos de azúcar. Nada recomendable”.

“No es necesario alimentar a nuestros hijos con papillas industriales”, añade la diestista-nutricionista Natalia Moragues. Opina que si bien “la industria alimentaria consiguió en su día que casi todos los pediatras empezaran a recomendar las papillas al inicio de la alimentación complementaria”, hoy en día esto está cambiando. “Los niños no necesitan consumir este tipo de preparados, de cereales hidrolizados o dextrinados, en muchos casos con azucares añadidos, miel o cacao. Nosotros los adultos no consumimos papillas, con lo que no tiene sentido acostumbrarlos a unos alimentos endulzados que además luego van a dejar de tomar”, explica.

La infancia es una etapa crucial para nuestra salud y hábitos alimentarios futuros, de ahí que, sin temerla, sea importante cuidar las elecciones que hacemos para nuestros hijos. ¿Cuál es la mejor forma de ofrecer los cereales y desde cuándo? Tanto Griselda Herrero como Natalia Moragues responden que a partir de los seis meses, siempre después de la leche materna (o artificial), y en forma de alimentos adaptados al bebé: arroz, patatas cocidas, maíz, porridge de avena, pan, boniato asado, quinoa, pasta, pan… Siempre de forma progresiva, a demanda y adaptándonos a las necesidades del bebé.

“Cuando nosotros nacimos los productos de alimentación infantil eran una novedad ya que se inventaron alrededor de los años 20 del siglo pasado. Muchos de nuestros abuelos ya los conocieron, pero más allá de ellos estos productos de alimentación infantil no existían. Cuando un bebé crecía se le alimentada con “comida”, obviamente adaptada en textura, en forma, en proporciones, etc. Pero a día de hoy son muchos los que ven esto como algo raro, y lo que ven como normal es alimentar a los niños a base de una amplia variedad de productos de alimentación infantil que en la mayoría de los casos no son ni necesarios ni del todo saludables. Por eso, la mejor forma de alimentar a un bebé cuando empezamos con la alimentación complementaria es con “comida de verdad” y no tiene sentido ofrecerle comida tan radicalmente diferente a la que tomamos los adultos”, concluye Natalia Moragues.

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Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN