Noticia
15 febrero, 2019

Terapia deportiva para superar la leucemia en niños

La Fundación Aladina otorga becas de entrenamiento físico a niños con cáncer y a sus padres o tutores, para ayudarles a reintegrarse a su vida normal

Cada lunes y miércoles, Pablo, de 11 años, acude a entrenarse junto con su madre al gimnasio Tándem de Madrid. Una terapia deportiva que le ayuda a superar, poco a poco, las secuelas de la leucemia mieloide aguda que le diagnosticaron el pasado 21 de septiembre, en la clínica Sanitas de La Moraleja, y que supone el 16,5% de todos los casos de leucemias infantiles diagnosticados en España desde 1990.

Entonces vinieron los meses de aislamiento en el Centro Maktub, los tratamientos, la quimioterapia y finalmente el trasplante de médula gracias a su hermano Javier, de 13, el pasado 8 de enero. Las horas de gimnasio son su momento, el que más disfruta cada semana, porque aún no puede volver al cole y es allí donde se fortalece e interactúa con otros niños como él. En total, son 28 los que, junto con padres o tutores, ha becado desde 2018 la Fundación Aladina, que proporciona apoyo integral a niños y adolescentes con cáncer, así como a sus familias.

“Al principio cuesta bastante, pero está muy bien. Luego te acostumbras… En la habitación caminaba poco, solo para ir al baño, y esto me gusta porque así me curo más rápido”, cuenta Pablo, parado sobre la cinta de correr (aunque, confiesa, en realidad únicamente anda, porque ahí le da miedo caerse). “Me sirve bastante, y luego los sábados y los domingos vamos a pasear”. Una rutina bienvenida y beneficiosa que comparte mano a mano con Anabel, su madre: “Llegamos sobre las 10 de la mañana, y estamos 10 minutos en las bicicletas”, cuenta ella. “Después, un recorrido por las máquinas, empezando por las que están en el centro, una para las piernas y otra para los brazos. Luego las tablas de ejercicios (abdominales, sentadillas, subir escalones…) y de nuevo bicicleta, o un rato de bádminton o fútbol”.

Numerosos estudios clínicos apuntan hacia la importancia del ejercicio físico para los menores enfermos de cáncer, ya que mejora su estado de ánimo y minimiza los efectos secundarios de la quimioterapia y radioterapia. Eso hizo que la Fundación Aladina abriera en 2012 su programa de ejercicio físico para los menores con cáncer del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, y las becas deportivas anuales desde 2018, que proporcionan dos horas de entrenamiento personalizado a la semana para los niños que continúan su tratamiento sin estar hospitalizados.

En este largo proceso, no solo es la parte médica la que deja consecuencias físicas. Las largas temporadas de hospitalización hacen que los menores pierdan musculatura y que se deteriore su sentido del equilibrio y su capacidad de movimiento (de hecho, alguno de los primeros ejercicios que practican es permanecer a la pata coja un minuto cada día y estirar el tendón de Aquiles). “Cada niño tiene su plan de entrenamiento específico, según sus necesidades. Prácticamente todos hacen una parte aeróbica y otra de fuerza, pero los ejercicios se limitan según las patologías que tengan”, explica Elena Santana, doctora en Actividad Física y Salud y la especialista a cargo de las terapias deportivas. La personalización alcanza también a los padres, que pueden presentar condiciones tan variadas como hipertensión, diabetes o hernia.

“Cuando llegan, lo primero que hago es preguntarles qué tal pasaron la noche y si hay algún dolor o molestia que yo deba conocer”, prosigue Santana. “Trabajamos mucho la espalda, porque ellos llevan en el pecho un aparato bajo la piel [el Port-a-Cath] por el que les ponen todo el tratamiento. Entonces ellos protegen inconscientemente esa parte, y tienden a ir encogidos”. Son momentos que también benefician a los progenitores, ya que coinciden con otros padres y se cuentan sus miedos, sus experiencias, y se apoyan unos a otros”.

LA ACTIVIDAD FÍSICA, BUENA PARA EL ÁNIMO

Tampoco se debe olvidar la parte anímica, porque los pequeños no lo hacen. Los ratos de actividad física, que comenzaron cuando estaba ingresado, eran lo único que animaban a Pablo. Colchonero convencido, le encanta practicar el fútbol, como a Juanfran y Vitolo, los dos jugadores del Atlético de Madrid que le visitaron el 2 de enero, cuando volvió a ingresar para someterse al trasplante. “Un día, apareció Elena por la habitación con una bicicleta, la desinfectó y la empezaron a usar. Ella se ocupa de una parte de la que los médicos no se ocupan; se complementan”, comenta Anabel. “Cuando ellos consiguen que esté bien, la parte física es importante; que salga y que vea que puede salir a dar un paseo por el parque, subir una escalera…”. Se disculpa por una supuesta incapacidad explicativa, pero lo cierto es que lo hace muy bien, y sus ojos destilan convencimiento y agradecimiento por las terapias para su hijo.

El trabajo de Elena Santana con estos niños comienza ya mientras están ingresados en el hospital. Se pasaba por la habitación de Pablo como sigue haciendo con tantos otros, y juntos hacían una rutina. Si estaba bien, 20 minutos de bici, estiramientos, tabla de ejercicios… Y si era un día malo, por una trasfusión de plaquetas, por ejemplo, la cosa se complicaba. “Entonces, lo primero que hacíamos era hablar del Atlético de Madrid o de Fortnite. Había que engancharle de alguna manera. Y luego, venían los estiramientos”, recuerda. “Para ellos es como una vía de escape. Hay padres que, por miedo a que se contagien, meten al niño en una burbuja y no les dejan salir ni estar con amigos”, asegura. “Y los adolescentes también necesitan su propio espacio. Pero todos se preocupan mucho por sus padres; de hecho, se protegen unos a otros, y aprovechan el rato de entrenamiento para desahogarse”.

Se trata, en definitiva, de ponerles a punto para cuando puedan volver a hacer vida normal: colegio, deportes, actividades… Un trayecto que tampoco es fácil para los padres, como reconoce Anabel: “Sales de una burbuja, el hospital, donde está cuidado las 24 horas del día y recibe una atención constante, y pasas a estar solo, sin médicos, ni fundación… Eres tú con la enfermedad. Volver a la rutina es muy duro”.

Una cosa, sin embargo, sobresale sobre todas las dificultades: la esperanza, inabarcable e imposible de esconder. Como la de Pablo, feliz con los días de terapia junto a su madre: “Me siento mucho mejor, la verdad. Me gusta la máquina de hacer ejercicio con las piernas, la bicicleta, las pesas… Ahora, cuando subo las escaleras o me agacho, me cuesta mucho menos levantarme”. Pequeños pasos que poco a poco se harán más grandes, hasta que vuelva, por ejemplo, a jugar con sus compañeros en un campo de fútbol. Casi como su Atleti.

Puedes seguir De mamas & de papas en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN