Noticia
20 febrero, 2019

Mitos y verdades de la educación financiera

Mejora la comprensión de las causas, efectos y mecanismos de transmisión de las decisiones económicas, ya sean particulares o colectivas, es el objetivo fundamental de la educación financiera

La gestión de las finanzas personales es un ámbito de nuestras vidas -uno entre muchos otros- que debemos cuidar para llevar una vida equilibrada en sociedad. Vivimos en una sociedad crecientemente compleja, rodeados de información relevante para nuestro bienestar que a menudo no entendemos, malinterpretamos, negamos o simplemente ignoramos. Recibimos avisos y alertas de todo tipo: sobre la amenaza del cambio climático, el cambio de paradigma de la digitalización, la crisis de refugiados, la contaminación, la protección de la privacidad de nuestros datos personales, la sostenibilidad del Estado del bienestar, la desigualdad creciente, la soledad, el futuro del trabajo, y un largo etcétera.

Son estos determinantes de nuestro futuro cuya materialización en un sentido u otro (más utópico, más distópico) depende de nuestras acciones individuales y colectivas, porque toda acción tiene implicaciones en el corto y, lo que resulta más difícil de visualizar porque los humanos somos miopes, en el largo plazo.

La adopción de soluciones a estos problemas globales, por quien le competa directamente abordarlos -soluciones fundamentalmente de carácter técnico o científico- requiere tomar decisiones, seleccionar entre varias alternativas en función de criterios diversos: costes, beneficios, tiempo de implementación, complejidad de la transición, existencia y fortaleza de los grupos de interés y resistencia al cambio, entre otros.

La economía y las finanzas van de eso, de procurar seleccionar la mejor alternativa entre las opciones disponibles en función del contexto, del momento, de las prioridades, de las preferencias y de las expectativas... que determinan lo que es "mejor" en cada caso para el conjunto de la sociedad.

Explicar por qué lo considerado "mejor para todos" lo es efectivamente, y procurar que todo el mundo lo entienda -y cuestione-, es aún hoy una asignatura pendiente en España.

Mejorar la comprensión de las causas, efectos y mecanismos de transmisión de las decisiones económicas, ya sean particulares o colectivas, es el objetivo fundamental de la educación financiera que asocio al concepto más sencillo de "saber llevar las cuentas de las cosas". Así, "llevar las cuentas de las cosas":

1. Permite visibilizar el esfuerzo que supone hacer que todo funcione –miremos a nuestro alrededor, es fascinante- a modo de reconocimiento y de ejercicio de rendición de cuentas, a todas luces necesario.

Y es que a menudo damos por hecho que "las cosas se hacen solas", sin pararnos a pensar quién, cómo, cuándo y por qué las hace quien está llamado a hacerlas, que todo supone un esfuerzo, independientemente de quién lo asuma directa o indirectamente.

2. Permite cuestionar con espíritu crítico –espíritu crítico a fomentar-, y exigir la revisión, el análisis y la actualización desde una perspectiva no tradicional, porque el mundo cambia, todo está interrelacionado, son vasos comunicantes, nos guste o no, lo que implica que:

3. Facilita la toma de decisiones complejas sobre alternativas disponibles en nuestra vida cotidiana (presupuestos, hipótesis, escenarios, contratos, financiación, ahorro, seguros, por mencionar algunos), ayudar a otros a tomarlas o pedir y recibir ayuda sin complejos.

4. Permite distinguir lo razonable de lo sospechoso, ayuda a fomentar la autoprotección y a entender que derechos y obligaciones son las dos caras de una misma moneda, la moneda con la que interactuamos en sociedad.

5. Fomenta la participación activa. Cada día es más habitual que empresas, ayuntamientos y otras instancias (p.e. Unión Europea) fomenten la participación de sus grupos de interés (empleados, clientes / ciudadanos, contribuyentes) en las tomas de decisiones. Participación que, no obstante, cuesta mucho despertar porque como sociedad no estamos acostumbrados a ella, no estamos "entrenados", no nos fiamos cuando se nos pide nuestra opinión. Y es que participar supone un esfuerzo adicional a los ya de por sí demandantes ámbitos de la vida a los que hacía referencia al inicio: dedicar tiempo a entender, proponer, debatir, argumentar, comparar y elegir. La participación activa se resume en que si nos preguntan, debemos contestar y, para contestar (esto es, hacer el esfuerzo que conlleva), necesitamos dos incentivos básicos: (i) entender lo que se nos pregunta (por qué es importante y cuáles son las opciones) y (ii) sentir que nuestras respuestas sirven para algo.

Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN