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02 noviembre, 2018

¿Por qué lo llaman consecuencias cuando quieren decir castigo?

Si los quieres aplicar, es tu decisión, pero asemejarlos me parece un eufemismo que no creo que vaya a hacer que tu hijo lo acepte mejor ni corrija antes su comportamiento

A casi todos nos han castigado alguna vez cuando éramos pequeños. Cuando eres un niño lo más probable es que acabes castigado por una u otra razón: por sacar malas notas, por no hacer los deberes, por pegarle a tu hermano o por contestar mal a un adulto, entre otras muchas cosas. Mis padres no eran especialmente dados a los castigos, pero sí que recuerdo que muchos de mis amigos y compañeros de clase estaban castigados a menudo, aunque también recibían premios con frecuencia. En mi caso la verdad es que no abundaban ni los unos ni los otros.

Cuando tuve hijos y llegó el momento de corregir malos comportamientos pensé que lo lógico era aplicar esa filosofía de los castigos y los premios. Más tarde, con el paso de los años llegué a la conclusión de que no servían para nada. Más bien creo que a veces sirven para generar una relación de desconfianza y recelo entre padres e hijos. Pero nunca había oído hablar de sustituir los castigos por consecuencias.

Una consecuencia suena mejor que un castigo, desde luego, ya que cambia el foco de la acción, quiero decir, que el castigo te lo imponen, suena injusto de por sí, pero la consecuencia es responsabilidad tuya nada más, ya que es la repuesta natural de que hayas hecho algo mal. Por ejemplo, si me olvido de ponerme el despertador, la consecuencia más probable es que me duerma y llegue tarde al trabajo. A lo mejor tengo suerte y mi marido o mi hija me despiertan y llego a tiempo a trabajar. Pero desde luego lo que sería muy raro es que mi familia me castigara sin ver Ozark una semana por haberme olvidado de poner el despertador.

La primera vez que oí hablar de consecuencias a alguien, al menos que yo recuerde, fue a una maestra de mi hijo en aquella época en la que el horror de los deberes abusivos y sin sentido empezaba a fraguarse en nuestras vidas. El niño debía tener 5 o 6 años, puesto que estaba en primero o segundo de Primaria y su cumpleaños es a finales de año. Recibí a aquella maestra con mucho entusiasmo porque nos había abierto un canal de comunicación por correo electrónico con ella. No hace tantos años de aquello solo 8, pero a pesar de que el correo electrónico era una herramienta usada día a día, en nuestro caso no teníamos aún esa vía de comunicación con los maestros.

Como decía, ya por entonces empezábamos a no comprender algunas cosas. Yo quería que mi hijo fuera maduro, que no se distrajera, que supiera qué deberes tenía que hacer, que fuera responsable, y que anotara en su agenda las fechas de los exámenes, así como la lista de deberes que hacer en casa. Por entonces, pensaba, como muchos padres, que era importantísimo que el crío hiciera los deberes, estudiara y trabajara mucho. No es que ya no lo piense, es que ya me di cuenta hace algún tiempo de que no podemos aplicarle a un niño de 6 años las mismas reglas que nos aplicamos los adultos para llevar esta vida de explotación constante que llevamos.

Decía un artículo que leí no hace mucho que ahora uno se explota a sí mismo y piensa que así se ha realizado como persona y eso le hace feliz. Hoy en día, para que tu carta de presentación o tu Currículum vítae sea digno de cualquier puesto de trabajo, aunque te vayan a pagar menos de mil euros al mes, tienes que demostrar que tienes un título universitario como poco, uno o dos másteres, que has hecho voluntariado, que has publicado algunos artículos o te has dedicado a la investigación en algún momento de tu carrera, que tienes sentido de la iniciativa y que eres emprendedor. Así que se da por supuesto que en algún momento has intentado montar tu propia startup, aunque hayas fracasado, porque afortunadamente, también se valora tu resiliencia o capacidad para sobreponerte de los contratiempos de la vida. A veces creo que trasladamos este modelo a nuestros hijos, por eso queremos que hagan un montón de actividades, que sean polifacéticos, carismáticos, y multitarea.

Los adultos asumimos consecuencias todo el rato, pero castigos, aunque también los hay, no tanto.

Pero volvamos otra vez a un día, hace 8 años, en el que mi hijo hizo deberes de más o de menos, no recuerdo bien, porque al final tanto si hacía de más como de menos le caía el chaparrón, y vino con una nota en la agenda en la que debía poner algo así como “Su hijo no ha hecho los deberes que le pedí que hiciera”. Muy preocupada, le escribí a la maestra un correo electrónico, con la intención de pedir ayuda, porque yo quería que mi hijo de 6 años hiciera exactamente los deberes que su maestra le había pedido hacer, ni uno más ni uno menos.

Fue entonces cuando descubrí las consecuencias. Claro, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Era mucho mejor dejar al niño asumir las consecuencias que aplicarle castigos. La respuesta de la maestra a mi correo electrónico fue de lo más apaciguador: si mi hijo de 6 años no hacía los deberes no debía preocuparme. Mi responsabilidad como madre y desde luego lo mejor que podía hacer por él, era dejarlo asumir las consecuencias. ¡Qué bien! Ya no hacía falta que me fuera preocupada a la cama, ni siquiera tenía que pensar un castigo que imponerle, solo tenía que dejar que el niño asumiera las consecuencias.

Las consecuencias de no haber llevado los deberes correctos hechos eran, entre otras cosas de las que no puedo estar muy segura porque lo que te cuenta un niño de 6 años, y tras varias horas de que le haya ocurrido, no siempre es un fiel reflejo de la realidad, no poder salir al recreo, o quedarse al final de las horas lectivas de la tarde en clase, aunque el niño tuviera que ir a una extraescolar, lo estuvieran esperando para recogerlo, o hubiera que ir al médico. Ahí empecé a no entender por qué lo llaman consecuencias cuando quieren decir castigo.

A lo mejor estoy equivocada, pero las consecuencias de no hacer unos deberes que se supone te han pedido hacer porque necesitas afianzar algo que no has aprendido aún, o porque necesitas practicar más, serían que no aprendieras el concepto que tenías que trabajar. Y si uno no aprende, no puede superar una evaluación, y si no superas las evaluaciones puedes llegar a repetir curso, aunque esto último ya es más un castigo que una consecuencia.

La primera vez que oí hablar de consecuencias a alguien, al menos que yo recuerde, fue a una maestra de mi hijo en aquella época en la que el horror de los deberes abusivos y sin sentido empezaba a fraguarse en nuestras vidas

Los adultos asumimos consecuencias todo el rato, pero castigos, aunque también los hay, no tanto. Por ejemplo, si me salto un semáforo en rojo enseguida asumo el riesgo, lo haya hecho intencionadamente o no, y sé que puedo provocar un accidente. Esa sería la consecuencia: un posible accidente. También me pueden poner una multa, y eso sería un castigo, que puede ser injusto porque a lo mejor el semáforo cambió muy rápido de color y no era mi intención saltármelo en rojo. Pero al menos el castigo está relacionado con la falta cometida. A nadie se le ocurriría castigar a su marido, a su mujer, o a su padre, sin ver la televisión por haberse saltado un semáforo en rojo. A veces también sucede que no ocurre nada, y nuestros errores por suerte no tienen consecuencias más allá de un susto, un disgusto, y un “menos mal que no ha pasado nada”. También aprendemos de esos errores, aunque no tengan consecuencias, porque sabemos que la próxima vez puede que no tengamos tanta suerte.

Pero a los niños les aplicamos consecuencias que en realidad son castigos, aunque su falta o error no vaya a producir un desastre mayor. Si un niño al que le han pedido hacer los mismos deberes que al resto de sus compañeros, no los hace, pero ese niño ya había aprendido lo que debía trabajar con esos ejercicios, ¿cuál es la consecuencia de no hacerlos? No debería ser ninguna, porque lo que le habían pedido hacer no le iba a aportar nada, no iba a aprender nada. El dejarlo sin recreo o sin ver la tele no es una consecuencia, yo creo que es claramente un castigo. ¿Qué tiene que ver el recreo con los deberes? ¿o la televisión? Eso son castigos disfrazados de consecuencias. Y a mí mi hijo me los pillaba todos. Odiaba que dijéramos que eran consecuencias cuando en realidad le estábamos aplicando un castigo.

He aprendido mucho de mis hijos, no solo de la educación que les hemos dado en casa, sino también de su paso por el colegio. Muchas cosas que nadie me contó antes de que sucedieran, y que a mí me gustaría contarlas para ayudar a otras personas a hacerles frente antes de que surgieran. Todo mi aprendizaje lo estoy volcando en un libro en el que englobo muchas de las problemáticas que tiene el sistema educativo. Puedes apoyar la publicación de mi libro en este enlace.

Si los quieres aplicar, es tu decisión, pero llamarlos consecuencias me parece un eufemismo que no creo que vaya a hacer que tu hijo lo acepte mejor ni corrija antes su comportamiento, si es que tenía que hacerlo. Y es que a veces, aplicamos los castigos como estrategia para demostrar quien tiene el poder y la autoridad, y no realmente porque pensemos que vayan a conseguir cambiar algo.

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Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN