Noticia
04 noviembre, 2018

El Síndrome de Procusto o el maltrato institucional de los niños con altas capacidades

Ignorar al sobresaliente es una forma de agresión, una expresión más de la envidia y la ignorancia ante lo diferente

En la mitología griega, Procusto, el hijo de Poseidón tenía su casa en las colinas donde ofrecía posada al viajero solitario. Le invitaba a tumbarse en una cama de hierro y cuando este se quedaba dormido, le amordazaba y le cortaba con un serrucho todas las partes que sobresalían de la cama. Es la forma en que el mito simboliza la tendencia a mutilar a quien sobresale. Las formas son múltiples, desde las más sutiles hasta las más agresivas, pero siempre arropadas por la inmunidad de un sistema escolar que es cómplice y verdugo al mismo tiempo.

Ignorar al sobresaliente es una forma de agresión, una expresión más de la envidia y la ignorancia ante lo diferente. Tratar de encajarlo para que sea como todos los demás, es otra: es negarle, es decirle implícitamente que es un error a corregir.

Y así podríamos seguir añadiendo leña a un fuego que solo es la punta del iceberg de una escandalosa situación escolar, que relega y margina a las mentes más poderosas de nuestro país. Es, como dice Javier Pérez de la Asociación Nace, el triunfo de la mediocridad.

Y yo puntualizo, más que el triunfo es la tiranía de la mediocridad y la apología de la ignorancia, la envidia maquillada.

Cada día aumenta mi indignación cuando veo a los padres casi pidiendo perdón por tener un hijo con alta capacidad

Estos titulares son tan erróneos como aquellos que dicen “mujer hallada muerta a manos de…” las mujeres no suelen querer morirse por sí mismas, es más correcto decir, mujer hallada asesinada. De la misma manera, no son los niños con altas capacidades los que fracasan, el fracaso es del sistema, global, reincidente, sin propósito de enmienda, pertrechado en su ignorancia e inmovilismo, de alma mediocre y funcionarial, agotado en esencia.

Los padres que demandan evaluaciones a sus hijos y tras la confirmación del diagnóstico, preguntan por la atención específica, son tachados de soberbios, de pedantes, de elitistas. Algunas de las respuestas que obtienen del sistema son:

“ Nosotros no creemos que tenga altas capacidades”

“ No podemos hacer nada, tenemos muchos niños”,

“ No tenemos medios”,

“ No sabemos qué hacer”,

“No hace falta hacer nada”,

“Primero hay que atender a los que tienen problemas”

y el más increíble de todos los que he escuchado hasta ahora:

“las altas capacidades no existen” vs. “las altas capacidades son la nueva moda”…

Cuando en el día a día ves a padres rotos porque confiaron su hijo a un sistema escolar teóricamente inclusivo y les devuelven a un niño hecho pedazos, con la autoestima destruida odiándose a sí mismo, que ha perdido la motivación y el rumbo, la curiosidad, la maravillosa energía que iluminaba la mirada de su hijo ante la posibilidad de aprender algo nuevo, un niño que dice querer “ser como los demás”, que pide “dame una medicina que me quite esto”, hemos fallado todos.

Todos, menos ellos. Ojo con responsabilizar a la víctima, deporte nacional.

La profesora o profesor que no asumió su responsabilidad, el director del Centro que no se ocupó de sensibilizar y formar a su equipo, el Gobierno que no vela por que las leyes se cumplan, los compañeros de clase que se dedican a transmitir lo que les dicen en casa “ser superdotado es un problema, no sé por qué tienen que hacer diferencias, todos somos alta capacidad en algo, tu compañero el rarito”…, todos hemos contribuido de una u otra manera a su fracaso.

El fracaso escolar es un síntoma, no es una causa, ni siquiera un resultado en sí mismo que pueda analizarse de forma aislada

El fracaso escolar es un síntoma, no es una causa, ni siquiera un resultado en sí mismo que pueda analizarse de forma aislada. El fracaso escolar en un niño o niña con alta capacidad es la cara visible del fracaso global de esa persona, es la mutilación de su futuro, es la castración de sí mismos.

Cada día aumenta mi indignación cuando veo a los padres casi pidiendo perdón por tener un hijo con alta capacidad, disculpándose ante la sociedad por haber pasado involuntariamente a engrosar las filas de la diferencia, ocultándolo (“no vamos a decir nada en el cole para que no le señalen ni etiqueten, total no van a hacer nada”), avergonzándose (“no cuestiones al profesor, no levantes tú el dedo siempre para responder”), demandando al hijo en vez de al sistema (“si eres tan listo por qué suspendes”) o negándole (“tienes que intentar ser como los otros niños, jugar con todos, no te aísles”).

No tienen la culpa. Están aterrados. Saben que no van a encontrar apoyo ni comprensión. Saben que las opciones son pelear contra un muro invisible pero brutal que no se moverá un ápice para cambiar nada. Saben que la gente les mirará con suspicacia y hablarán de falta de límites y de niños malcriados. Saben que serán juzgados. Y en un intento por proteger a sus hijos de todo ello y sin querer, pasan a formar parte del problema y no de la solución.

Parte de nuestro trabajo, de nuestra misión como profesionales comprometidos, está en transmitirles que no caigan en el error de pensar que el problema está en sus hijos, que si fueran “normales” todo sería más fácil.

Si hay una visión tan negativa acerca de la sobredotación tiene que ver con que se ha puesto el foco en los niños y no en el sistema. No, los niños y niñas no tienen ningún problema, todo lo contrario. El problema está en los colegios, en la mirada oscura de la sociedad mediocre que envidia, como Procusto, todo lo que sobresale y llega a hacer de esa metáfora de cortar piernas o brazos, un maltrato institucional de dolorosa magnitud.

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Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN