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28 noviembre, 2018

Carmen Bernárdez, la materialidad de las cosas

La investigadora, fallecida a los 64 años, fue historiadora del Arte en la Universidad Complutense de Madrid

Por alguna extraña razón, a los historiadores del arte se nos olvida a menudo cómo las obras tienen una parte —irremediable casi— de materialidad, tal vez porque pensamos que dicha materialidad es molesta para el goce estético: tiene algo pegajoso. Sin embargo, a lo largo de todos estos años Carmen Bernárdez Sanchís, fallecida el pasado 14 de noviembre a los 64 años, ha estado ahí, torre vigía, recordándonos desde esa discreción tan suya —a un tiempo delicada y terca— una fisicidad fructífera, que da un nombre y un color diferente de las formas del mundo.

Desde luego, Carmen era una investigadora excepcional entre una comunidad atrapada en lo meramente visual, y a veces ni siquiera en lo visual, en la pura teoría. Nos recordaba a cada paso que, lo quisiéramos o no, el mundo completo —y el arte con el mundo— está hecho de materia. Así, el 17 de enero de este año que va concluyendo nos interpelaba en una conferencia en el Museo Reina Sofía desde un título radical, como era Carmen bajo su aspecto suave y conciliador: ¿Es pegajosa la materialidad? Nuevas concepciones y usos de la materia en las prácticas artísticas.

No en vano la formación de Carmen Bernárdez como historiadora del Arte en la Universidad Complutense de Madrid —donde se doctoró con una tesis sobre el tratadista del Renacimiento Giovanni Battista Armenini— se complementaba con sus estudios de Restauración de pintura en la Escuela Oficial de Madrid, una combinación nada habitual entre los profesionales de la historia del arte y que le regalaba cierta sagacidad y una mirada única. Curiosa, amante de la música y los viajes —a menudo hablaba de su pasión hacia el sur de Francia—, tuvo una impecable formación cosmopolita, cuando no era nada habitual entre las personas de su generación. Fue becaria de la Academia de España en Roma, investigadora en el Warburg Institute de Londres y Fulbrighter en el Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York.

A su regreso a España se convirtió en profesora del entonces departamento de Arte III de la UCM, donde incluso enferma de ELA —dolencia que le fue robando la movilidad, pero nunca la lucidez ni la dignidad— y literalmente hasta la semana antes de emprender el último viaje, mantuvo alto su espíritu, su buen humor, su cuidado hacia los demás y su dedicación a los alumnos. Autora de trabajos decisivos sobre Joseph Beuys, Ángel Ferrant o María Blanchard, o sobre las técnicas artísticas, la muerte la sorprendió, sin dejar de pensar ni un momento en una salida para ella y los demás enfermos de ELA, en su mesa de trabajo, ultimando un libro sobre la estética de los materiales, que se sumará al resto de sus aportaciones necesarias.

Quisiera recordarla ahora aquella tarde de enero en el Reina Sofía. El auditorio del edificio Sabatini estaba lleno a rebosar —colegas, amigos, alumnos, aficionados…— y durante un rato, al menos mientras duró su deslumbrante conferencia, nadie nos paramos a pensar en la enfermedad que Carmen padecía y de la cual en todo momento habló de manera abierta, una particular militancia, ella tan discreta para el resto. La maldita ELA que iba encerrando a Carmen en su propia materialidad se esfumaba aquella tarde invernal tras su puesta en escena impecable y el preciso contenido de una exposición oral sin mirar los papeles ni un instante.

Pienso ahora que era tal su fuerza, su sentido del humor a menudo corrosivo, su sentido del deber, que todos compartimos, su valentía, y no pensamos nunca cómo un día Carmen dejaría de estar, porque la materia —y ella era consciente— es prodigiosamente vulnerable. Esa y muchas cosas más son las que hemos aprendido de Carmen los que hemos tenido la fortuna de conocerla.

Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN