Noticia
30 noviembre, 2018

La alucinante vida de la bóveda tabicada durante ocho siglos y a través de dos continentes

Una investigación rastrea la historia de este tipo de construcción desde su aparición en el Levante del siglo XII hasta su curiosa explosión en el Múnich de posguerra

La de la bóveda tabicada, un invento constructivo surgido muy probablemente en el Levante de la baja Edad Media, es casi una historia de aventuras. Tiene viajes transoceánicos, desapariciones y experimentos para convencer a incrédulos, y lleva de las capillas y conventos de la Reconquista en Valencia hasta las primeras fábricas de la revolución industrial en Cataluña, y de la explosión económica de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX a las reconstrucciones que siguieron a las terribles guerras del siglo XX en Europa.

Conocida en sus distintas variantes como bóveda catalana, bóveda extremeña, bóveda del Rosellón, volta in foglio, voûte plate o bóveda sarracena, su lista de nombres da la medida de un viaje que ha repasado recientemente en un estudio el profesor de la Politécnica de Madrid Santiago Huerta. Apasionado hasta la obsesión de las bóvedas y de la historia de la construcción, Huerta explica que se trata en todos los casos de una misma técnica, consistente en ir pegando unos ladrillos a otros sin apoyo (cimbra), en el aire, utilizando yeso, que fragua rápidamente y permite formar “los arcos autoportantes”. Sobre esa primera fila, se construye después una segunda hoja de ladrillos. Y listo.

Su gran éxito durante tanto tiempo se debe a que es muy barata y rápida, porque es muy delgada (usualmente de cinco a 10 centímetros, aunque puede llegar a solo tres), ligera y sencilla, pero a la vez es muy resistente a la carga y al fuego. “Es el elemento más precioso de nuestra construcción: permite ejecutar con simplicidad y rapidez las formas más complejas, no exige cimbras y tiene gran resistencia en relación con su ligereza y con la simplicidad de sus componentes”, escribió el mítico arquitecto Antoni Gaudí (Esther Redondo Martínez recoge la cita en su tesis doctoral). Sin embargo, esa sencillez también ha sido su gran lastre, pues con algunas excepciones, solían ser enlucidas con yeso y pintura, por lo que son muy difíciles de reconocer a simple vista, explica Huerta.

Pero, aunque muchas veces casi invisibles, siempre han estado ahí, insiste, en todo tipo de construcciones desde su invención, qué él coloca en el cruce de caminos que un día fue el Levante peninsular entre las culturas romana, visigoda, islámica y cristiana. El resto más antiguo encontrado hasta el momento es la caja de una escalera en una casa islámica del siglo XII en Siyasa, Murcia. Los siguientes ejemplos se encuentran en la Valencia de la segunda mitad del siglo XIV —tanto en construcciones como en escritos de la época— y, más tarde, está ampliamente documentada su proliferación en capillas, conventos, iglesias y palacios, entre otros, de Cataluña, Valencia, Aragón y Extremadura. Que son precisamente los lugares donde se ha estudiado el tema, por lo que su propagación podría ir mucho más allá, opina Huerta. “Se utilizan con frecuencia en España desde el siglo XVI, pero se desconoce su difusión real”, escribe.

Lo que está claro es que a partir del siglo XVII se documenta ya en Castilla, en el Rosellón francés, en Italia y, más tarde, en Alemania, donde algunos tratados lo mencionan en el siglo XIX. De vuelta en la península, muchos edificios fabriles de la segunda mitad del siglo XIX en Cataluña se levantaron usando este tipo de bóvedas, que se convertirían en un elemento muy común del modernismo catalán, con Antoni Gaudí a la cabeza.

En ese contexto desarrolló su técnica Rafael Guastavino, un arquitecto y constructor de origen valenciano que extendió y popularizó más tarde en todo EE UU su versión mejorada (por ejemplo, empezó a dejarla a la vista, sin enlucir) de la bóveda catalana. Los interiores abovedados de algunos de los edificios más icónicos de Nueva York -la Grand Central Terminal, el Metropolitan, la Universidad de Columbia, el pabellón de acogida de Ellis Island o de la antigua estación de metro de City Hall-- están entre el millar de construcciones que firmó Guastavino en EEUU.

El profesor Huerta cuenta, en su despacho de la Escuela Superior de Arquitectura de la Politécnica de Madrid, los esfuerzos que tuvo que hacer el valenciano, con ensayos de resistencia incluidos, para vencer la desconfianza de los estadounidenses y convencerles de las bondades de un sistema que, a simple vista, puede parecer débil e insuficiente para aguantar grandes estructuras.

Pero lo cierto es que resisten perfectamente —en la escuela madrileña han hecho sus propios experimentos, alguno de ellos, para el famoso arquitecto Norman Foster— a pesar de su sencillez y bajo coste. Dos puntos que volvieron a marcar su resurgir en el viejo Continente a partir de 1940. “La bóveda tabicada experimentó un renacimiento en Europa debido a la escasez de materiales (hierro y cemento) durante la guerra y la posguerra. En particular, fue utilizada ampliamente en España, después de la Guerra Civil de 1936 a 1939, en la reconstrucción de las regiones devastadas y en la restauración de edificios bombardeados”, escribe Huerta.

Aunque hay ejemplos claros en las obras de Luis Moya Blanco, Ángel Truñó e Ignacio Bosch Reitg, su alcance real “durante los trabajos de reconstrucción y restauración de la posguerra española no se conoce todavía bien; solo se han estudiado casos aislados (por ejemplo, Villanueva de la Cañada, Casas Baratas en Girona) y titulado Las bóvedas tabicadas en Alemania: la larga migración de una técnica constructiva escribe el especialista.

Efectivamente, el final de este viaje es el Múnich de después de la Segunda Guerra Mundial, algo sorprendente en un lugar sin ejemplos previos de bóveda tabicada. En este caso, Huerta desenreda el misterio siguiendo los pasos del arquitecto Carl Sattler y el constructor Max Rank, enamorados de la bóveda tabicada. El segundo la había conocido en España —su empresa tenía una filial en este país—, y durante un viaje a Sevilla en 1934, su padre, Josef, ya había declarado su entusiasmo: “Es asombrosa la habilidad de los albañiles que asentando y doblando con ladrillos de solo tres centímetros de espesor construyen las más hermosas bóvedas”.

Por su parte, Sattler había conocido la técnica por un maestro albañil con el que trabajó en la construcción de una villa en Florencia, donde volvió años después, en 1940, enviado por el Gobierno alemán, precisamente, para estudiar el mecanismo. Así, cuando Sattler y Rank empezaron a trabajar juntos en la reconstrucción de del Banco Central Bavaria en Múnich, hicieron lo más lógico, utilizar la bóveda que tanto amaban. Y la empresa Rank volvería a usarlas muchas más veces hasta 1960. 

Fuente: EL PAÍS - EDUCACIÓN